Entrevista realizada en la Universidad de Alicante, el 18 de
noviembre de 2003 en el Salón de Actos del edificio
Germán Bernácer, durante el desarrollo de las
actividades celebradas con motivo de la XI Muestra de Teatro de
Autores Contemporáneos.
Introducción realizada por Juan Antonio Ríos
Carratalá.
La
finalidad de esta entrevista es que todos conozcamos la trayectoria
vital y artística de Ignacio Amestoy, y hagamos un repaso al
panorama del teatro contemporáneo bajo su punto de
vista.
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SILVIA PONZODA (S. P.).- Bueno, Ignacio,
tú has tenido una dilatada trayectoria teatral con doce
obras estrenadas, y también ha sido una trayectoria muy
premiada. Recibiste con Cierra bien la puerta el Premio
Nacional de Teatro, que podríamos considerar como un
reconocimiento a toda esta trayectoria tuya ¿no?
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IGNACIO AMESTOY (I. A.).- Sí, bueno. Yo
creo que los premios nacionales de literatura dramática de
creación reciente no solamente contemplan esa obra unitaria,
desarrollada y estrenada en el año concreto del premio, sino
que también contemplan la trayectoria del autor. Y creo que
sí, que intervino ese factor de reconocimiento,
observación de esa vida, más o menos dedicada al
teatro.
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S. P.- Dentro de tu panorama teatral, tienes
unas constantes, y una de esas constantes podría ser
quizá la búsqueda de la felicidad...
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I. A.- Sí. Uno de mis textos,
Ederra, que en euskera quiere decir «hermosa»,
precisamente comienza diciendo el personaje: «no nos han
dejado ser felices». Sí, yo creo que ese territorio de
la felicidad es importante para el ser humano, e indudablemente
también tiene que verse reflejado en el teatro. Qué
duda cabe que mi generación es una generación que
vive una gran parte de su existencia en un marco de libertad; yo le
suelo llamar generación del 82, donde podemos ubicarnos
desde José Luis Alonso de Santos, Fermín Caval,
Sanchís Sinisterra, Lourdes Ortiz, otra serie de autores...
esa generación que ha podido expresarse con libertad, sin
censuras, precisamente a partir del 82, ese es el momento en el que
el PSOE llega al poder. Es la culminación de la
transición, y la apertura a todas las libertades sin
prejuicios. Un año antes ha habido el intento de golpe de
Estado de Tejero, y se ha producido una gran catarsis en la
sociedad española, y al propio tiempo una anagnórisis
de lo que ha ocurrido en la España hasta ese momento en el
siglo XX. Ahí se abren unos cauces importantes de libertad.
Escribimos en libertad. En ese momento no tenemos ninguna barrera
para escribir en libertad; pero esto quiere decir ser felices sin
ningún tipo de cortapisa; esa posibilidad de ser felices,
equivocándonos, acertando, pero sin un determinado control,
digamos, social o un autocontrol personal.
Me
ha preocupado el tema de la felicidad, porque toda esta
generación hemos estado constreñidos por diferentes
botas que nos pisaban. Me preocupaba por la felicidad, que es ese
máximo común divisor en mis obras; creo que
sí, creo que en toda obra, en toda creación
artística, ese deseo de la felicidad está mostrado,
en negativo, en positivo, pero está.
Porque también es ese intento de libertad, ese intento
supremo de libertad del ser humano. Ahora, en las coordenadas de
España, indudablemente esa libertad estaba
constreñida en muy diferentes campos.
Yo
soy vasco, me considero vasco y al propio tiempo español.
Pero dentro del entorno vasco, como dentro del entorno de otros
territorios históricos, hubo en tiempos del franquismo una
determinada merma en las libertades, a veces hasta unos niveles
verdaderamente crueles. Me ha preocupado, en una gran parte de mi
escritura, casi en la mitad de mis obras, que estarán por
las 20 publicadas, ese territorio dentro del mundo vasco de las
libertades, una reflexión sobre las libertades y la
violencia que se engendró, precisamente en aras de conseguir
esas libertades.
Esa
reflexión indudablemente ha centrado una gran parte de mi
obra, en la consecución de unas libertades, de una
felicidad. Cuando Ederra dice: «no nos han dejado ser
felices», indudablemente el panorama connotativo quiere ser
muy fuerte; sí, está ese deseo de libertad,
ahí, en las obras vascas, y también está un
deseo de libertad en las obras generales.
Una
obra como Dionisio Ridruejo, es una obra en la que se
trata de un militar español que ha intervenido en la
División Azul, alineado ni más ni menos que con las
fuerzas nazis de Hitler, y la reflexión que hace ese
personaje sobre Ridruejo, que es un personaje que indudablemente
fue creador de toda la parafernalia fascista, franquista, de las
botas altas, las camisas azules, las capas blancas. Pero Ridruejo
tiene su camino de Damasco, precisamente en Rusia con la
División Azul. Se da cuenta de que el estar alineado con los
nazis es un camino equivocado. Ahí se produce esa
reflexión: vuelve a España, se presenta ante Franco,
para quien era una especie de hijo que no tuvo y al que le hubiese
gustado incluso casar con su propia hija. Pero Ridruejo le dice:
«estamos equivocados», y estando en el poder, de
repente se sitúa en la oposición, llegando ya, en el
75, casi a las puertas de la muerte de Franco, a encabezar un
partido social-demócrata. No llega a la tierra prometida,
porque muere antes de ese 20-N de la muerte del Dictador; pero,
indudablemente, dentro del sector militar, que es lo que yo quiero
captar en esa obra, está el deseo de un teniente-coronel al
que le hubiese gustado ser Ridruejo, luchar por la libertad y por
la felicidad. Ese territorio de la felicidad, de la libertad,
está en mis obras, hasta en las últimas, como esta
obra premiada con el Nacional, Cierra bien la puerta, que
es el enfrentamiento de dos generaciones. Se enmarca dentro de la
que yo llamo Tetralogía de la mujer, que titulo
precisamente con un verso de una gran poeta española y
vasca, que es Ángela Figuera Aymeric, que se alineó
junto con un Blas de Otero o con un Gabriel Celaya. Tiene un verso
que da título a esta tetralogía que es «Si en
el asfalto hubiera margaritas». Si en el asfalto machista, si
en el asfalto patriarcal que nos domina hubiera margaritas.
Cierra bien la puerta es el enfrentamiento de dos mujeres.
Una mujer de la generación del 68, una periodista,
territorio que conozco bien por muchos años dedicados al
periodismo también. Mis pasiones son el periodismo y el
teatro; la comunicación, en definitiva, con el ser humano.
Esa periodista del 68, en esa noche en que se va a desarrollar la
primera parte de la función, tiene ya editado, no sabe si
saldrá, porque los directores de periódicos son muy
especiales, un gran reportaje-denuncia de corrupción dentro
de esta España. Ha editado esa exclusiva y se siente muy
satisfecha. Vuelve a casa y se encuentra con su hija. Su hija es
una mujer de la burguesía, que no ha querido casarse y ha
tenido una hija porque ha querido tenerla, como tantas mujeres de
nuestra generación, como Mercedes San Pietro o Pilar
Miró; no han querido someterse a ese imperio patriarcal, y
ahí ha surgido una nueva generación. Pero una
generación desasistida, desestructurada, como nuestra
sociedad. Y es un enfrentamiento entre esa persona del 68, que
creyó que debajo de los adoquines estaba la playa, y su
hija, que tiene una formación extraordinaria, como infinidad
de nuestros jóvenes, con varias carreras, idiomas,
master, pero sin
empleo. Indudablemente las dos han buscado la felicidad, incluso la
madre la ha buscado desde esa perspectiva generosa del 68, con
grandes equivocaciones, como las hemos tenido, incluso de
corrupción; y su hija que ha crecido en un mundo libre,
maravilloso. Pero de repente es esa flor de invernadero que dice:
«pero bueno, yo no quiero estar toda la vida en un
invernadero, que tengo 26 años, y no tengo empleo, y sin
embargo estoy perfectamente dotada, y en ese mundo corrupto que
tenéis, que habéis hecho los del 68,
¿qué pasa?, no tengo un sitio». Ella
también quiere ser feliz.
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S. P.- Pero por lo que veo tu obra se da en
torno a la búsqueda de la felicidad, pero tus personajes,
por lo general, no la encuentran. Es una búsqueda
infructuosa...
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I. A.- Yo pertenezco a esa generación,
el 68, que también decía que el hombre es una
pasión inútil, que el infierno son los demás,
esa generación sartriana, que viene ya de ese
Kierkegaard, y la angustia.
Hubo un filósofo español, Xèniux, un poco
denostado, un producto también de la historia, Eugenio D'Ors
que decía: «La libertad es un suspiro entre dos
opresiones», lo decía en Guillermo Tell, una
de sus obras teatrales. La libertad es un suspiro entre dos
opresiones; tenemos que buscarla siempre, qué duda cabe,
continuamente, aun sabiendo que no la vamos a conseguir
plenamente.
Yo
creo que esa felicidad no existe, a no ser que nos acomodemos, y
entonces digamos: «Bueno, la sociedad es lo que es, es
inamovible, entonces vamos a buscar nuestro hueco de
felicidad», ese aburguesamiento que indudablemente
está buscando la sociedad global, pero que es un
engañarse, no es la felicidad.
Tal
vez la felicidad sea fundamentalmente el poder buscarla, el camino
hacia ella, estar en el camino. Ahora, muchos no quieren estar,
porque en el camino se sufre. La felicidad también
está en el dolor, la entrega, la generosidad, el
desprendimiento.
Cuando nos encontramos con esa gente que está en ONGs de
África, nos preguntamos cómo puede ser que de repente
una gran ejecutiva que conozco, de repente cierra su
capítulo y dice, como Ridruejo, «estamos
equivocados», deja sus «quince kilos» al
año que le pagaban y se va a una ONG a África y es
feliz ahí.
Para muchos la felicidad está en la globalización, en
el superchalet, el supercoche, los superviajes, etc.... Pero esa es
la felicidad de parque temático, en la que se nos quiere
introducir, incluso en el teatro. Estamos en el teatro de parque
temático, pero supongo que llegaremos.
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S. P.- ¿Qué llegaremos
adónde?
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I. A.- Que llegaremos en la entrevista al
parque temático. (Risas.)
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S. P.- Hablemos ahora del teatro de parque
temático. ¿A qué te refieres, a los grandes
musicales, el teatro que nos viene de lejos...?
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I. A.- Es la circunstancia en la que estamos
ahora. Estamos invadidos por las multinacionales, de España
y fuera de España, aunque también haya crisis ese
parque temático. Hoy, precisamente, leía en la prensa
que la empresa Disney en Francia está teniendo problemas con
los dos parques temáticos de París, creo que
están en ese entorno.
Lo
cierto es que estamos en ese entorno del parque temático.
Nuestras ciudades se están convirtiendo en parques
temáticos, esas ciudades con un centro histórico,
como Toledo, ya es un parque temático. Madrid se está
convirtiendo en un parque temático: esa Castellana, desde el
Reina Sofía, donde se enseña el Guernika de
Picasso, absolutamente descontextualizado, hasta el Bernabeu de
Beckham y su mujer, pasando por el Museo del Prado, por la Thyssen,
por la nueva alcaldía que se va a hacer en Cibeles, por la
Biblioteca Nacional, el Centro Cultural de la Villa, que ahora se
va a convertir también en un centro iniciático hacia
el entretenimiento en Madrid... Bueno, pues La Castellana va a ser
una especie de gran parque temático-artístico.
También el teatro entra en esa esfera. Nuestros grandes
rivales en este momento, son estas grandes empresas. En Madrid ya
ha sentado sus reales una empresa que se llama Stage Holding, que
es la que ha absorbido por otra parte a otra empresa multinacional
que ya había entrado, que es CIE. Ahora hay una
asociación entre las dos; que las dos tienen relaciones con
las Mayers norteamericanas, y el objetivo es llegar a
hacer producciones, que ya las están haciendo, ya CIE hizo
My Fair Lady, La Bella y la Bestia... Por otra
parte Stage Holding produce en este momento Siete novias para
siete hermanos, va a estrenar Cats y ha estrenado
también Cabaret. Es significativo la
morfología de Cabaret: treinta artistas en el
escenario, entre músicos, actores y demás, y cien
camareros en la platea sirviendo copas, la mayor parte de los
cuales son actores en paro. Nos encontramos con que es realidad ese
chiste que circula en la profesión que se conforma de la
siguiente forma: «Hay un actor en paro que le dice algo a un
actor que trabaja. ¿Qué es lo que le dice? Un
Gin-tonic, por
favor». Estamos en esa cruda realidad.
En
la Escuela de Arte Dramático de Madrid, de la que soy
profesor, nos encontramos a veces con casting de un parque temático, en
España o en Japón. Indudablemente, muchos de nuestros
alumnos, preparados para hacer teatro de calidad, se sienten
tentados por el parque de la Warner, en Madrid, o por un parque
temático de pueblo español en Japón.
¿Para hacer qué? Para ponerse una máscara y
hacer de bufón o de conductor de tren de la Warner o para
ponerse una chica los faralaes y hacer de andaluza en ese parque
temático de Japón. Esa es una realidad que
está ahí.
Entonces, ¿dónde se desenvuelve el teatro? El teatro,
indudablemente, tiene franjas, tiene una franja, la alternativa,
donde creo que vamos a acabar refugiándonos todos. Otra
franja es el teatro comercial, en manos de empresarios bastante
ciegos, en este momento, y ese teatro de parque temático,
por encima de todos. ¿Qué tendría que ocurrir?
Que ese teatro comercial fuera un poco lo que significó en
el franquismo, en el tardofranquismo, e incluso en el franquismo
duro. Ese empresario como Tamayo, que era capaz de llevar a Madrid,
a los pocos meses de estrenarse en Brodway, un Tennessee Williams o
un Arthur Miller. O un empresario como Justo Alonso, que era capaz
de estrenar Bajarse al Moro y La taberna
fantástica, de José Luis Alonso y de Alfonso
Sastre respectivamente, en el teatro comercial.
Hoy
en día no tenemos este tipo de empresario. Hay empresarios
de nivel, como Concha Busto. Pero no se configura la acción
de un empresario a la manera de José Tamayo, al que cada
día tendremos que reconocerle más cosas, que se
planteaba su acción como empresario como un proyecto, no
como una sucesión de productos. Desgraciadamente hoy el
empresariado español más razonable, lo que
está buscando son productos. Dentro del cine español,
¿qué producciones de relieve se podrían pasar
al teatro? Vamos a ver: Concha Busto, El Verdugo, con
Echanove al frente: muy bien, estupendo; otro empresario de
relieve, que ha sido empresario mío, Cuco Alfonso, Fila
siete, Atraco a las Tres: muy bien, estupendo. Ya no hay
que vender ese producto desde cero, porque ya se cuenta con la
película de Berlanga o con la de Forqué... Eso,
llevado también al territorio de los clásicos.
¿Qué obras se montan? Pues principalmente las ya
conocidas, con lo cual tampoco es que nos arriesguemos demasiado.
Aquí se huye del riesgo. ¿Que indudablemente el
empresario tiene que huir del riesgo?... ¿Qué estamos
haciendo? ¿qué están haciendo estos
productores?
Ese
amigo, un hombre muy interesante dentro de la política
económica de este país, José Ángel
Sánchez Asiaín, fue presidente del BBV, el creador y
el que llevó a cabo la fusión. Él se ha
refugiado últimamente en la Fundación del BBV, ha
sido profesor de economía en la Universidad de Deusto, en
los jesuitas, etc., vamos, una mente preclara en el territorio
económico. Afirma que en el verdadero arte, no hay que
atenerse a las condiciones del mercado, que dice que la demanda
crea la oferta, sino que en el territorio del arte la oferta tiene
que crear la demanda. Sin embargo hoy en día, por las leyes
económicas del mercado, tanto las grandes
compañías multinacionales, como nuestros empresarios
privados, y públicos también, dicen que es más
seguro recuperar una obra de Federico o de Max Aub, o incluso de
Arrabal, que arriesgarnos con nuevos autores. Este criterio se
está dando incluso en los empresarios alternativos.
El
que la demanda cree la oferta, está en el consciente
colectivo, no en el inconsciente, de la profesión teatral.
¿Qué salidas tenemos los autores españoles
vivos? Y estoy hablando desde una generación ejemplar, como
es la que puede encabezar Alfonso Sastre, José María
Rodríguez Méndez o Martín Recuerda, hasta las
últimas generaciones que están saliendo de la Escuela
de Arte Dramático, chicos fantásticos, la
generación que va desde Juan Mayorga hasta Yolanda
Pallín, y otras generaciones por detrás, más
nuevas -un nombre a tener en cuenta que va a contar mucho es
Francisco Becerra, Paco Becerra, desconocido todavía-, otros
alumnos de la Escuela de Arte Dramático que vienen con gran
ímpetu, sabiduría y formación extraordinaria,
pero estas generaciones, que son siete u ocho, nos encontramos
absolutamente en el aire. Los productores, los empresarios de
compañía y no digamos ya los empresarios de paredes,
no apuestan por nosotros. Ahí se está creando una
burbuja teatral verdaderamente lamentable, con empresas basura, que
llegan a producir espectáculos continuamente, pero muchas
veces no llegan ni a estrenarse.
Me
comentaban hace unos días y se ponía de relieve en el
Consejo de Cultura de la Comunidad de Madrid, de la que formo
parte, que a las últimas subvenciones para dar por la
Comunidad de Madrid, se habían presentado cuatrocientos
cincuenta espectáculos, de los cuales podrían entrar
en la red una veintena como mucho, y de los que podrán
llegar a estrenarse un centenar como mucho. ¿Y los otros?
Espectáculos muchas veces subvencionados con
subvención basura, un millón quinientas mil pesetas,
cuatrocientas mil pesetas, dos millones, que no se llegan a hacer.
Llega a trabajar el colectivo determinado en esas obras, pero no se
llegan a estrenar.
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S. P.- Está pasando un poco como en el
cine ¿no? Que hay muchas producciones que se realizan, pero
las salas de exhibición están controladas por...
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I. A.- Por las Mayers, están controladas
por las Mayers. Es lo mismo. Lo que pasa en el cine es que tal vez
hay una salida, que son las televisiones. Pero el teatro es algo
vivo; que tiene que producirse el hecho escénico,
absolutamente obsolescente, en criterios que, como decía
Gillo Dorfles, en Símbolo, Comunicación y
Consumo, el arte del futuro, decía, va a ser
obsolescente, en imagen, y en la contemporaneidad.
Bueno, el teatro lo ha sido siempre. Ahora, el cine es una lata,
que tiene como aliado a la televisión, tiene esa posibilidad
de que unas producciones que en un determinado momento no han
tenido demasiado eco, de repente, son recuperadas, como está
ocurriendo con Fernando Fernán Gómez y El viaje a
ninguna parte. Esto se da. Hay un soporte, el refugio de las
televisiones y los canales digitales.
Pero para el teatro no. Cada función es diferente, el teatro
vive de la contemporaneidad, es contemporáneo
malgré lui, a
pesar de él. Por mucho que queramos hacer un montaje de
museo, el teatro es contemporáneo, a la gente le está
pasando algo en ese mismo instante en el que está metido en
ese ámbito de cristal que puede ser el teatro. Por muy
blindado que esté el espectáculo, por muy
museístico que sea, en un Don Juan Tenorio por muy
fósil que sea, tanto los actores como los espectadores,
están viviendo el 11 de septiembre, el 23-F... Se vive, y no
es lo mismo una representación de Macbeth el 10 ,
el 11 ó el 12 de septiembre. Este es el problema, la
diferencia teatro-cine.
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S. P.- Entonces estamos perdiendo
también uno de los pocos espacios de crítica, de
reflexión que quedaban ¿no? Porque tú, como
periodista que eres, sabrás que los medios de
comunicación en general están dominados por intereses
políticos y económicos, etc., y el teatro era
quizá el último reducto donde se podía ver
algo diferente.
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I. A.- Sí, ese ámbito de que
puede pasar cualquier cosa. La gran virtud del teatro, y sobre todo
de las obras que ya conocemos, incluso de un Hamlet...
¿la gran virtud de un Hamlet cuál es, en una
representación? Que puede acabar de manera diferente a como
lo escribió Shakespeare. Y que los actores nos digan algo
absolutamente vivo, que nos hagan dudar de si esa obra va a acabar
como la conocemos. ¿Qué rechazamos de un montaje de
ese tipo fósil? Que sea absolutamente obvio. ¿A
mí qué me desagrada de algunos montajes que me han
podido hacer? Que sean obvios.
Recuerdo que una obra que hice en el País Vasco, que la
dirigió Antonio Malonda, Doña Elvira,
imagínate Euskadi, de repente interesó en el
ámbito de Juan Carlos Gené, que estaba en el exilio,
en el Actorado 80 de Venezuela, y allí se montó. Fui
al estreno y tenía bastantes similitudes con el montaje de
Malonda curiosamente, al otro lado del Atlántico. Al acabar
el estreno, tuvimos un coloquio con una gente muy comprometida,
mucho exiliado de todo el continente americano, había sido
un montaje muy comprometido. Entonces me dijeron
«¿qué te ha parecido?», yo les dije:
«Que me habéis traicionado poco». La sorpresa...
«Pero cómo... te hemos respetado mucho»...
Jugando en ese territorio de la obviedad. Es decir,
¿qué hubiese querido yo? Que hubiese progresado.
Lorca yo creo que hubiese gozado con el montaje de Víctor
García de Yerma. ¿Por qué? Porque
había huido, Víctor, y todo el equipo, Fabián
Puigcerver, Nuria Espert, de la obviedad. Se habían situado
en la contemporaneidad, con un material del pasado.
Yo
suelo decir, y algunos colegas incluso algunos estudiosos me lo
reprochan, que el texto para mí siempre es un pretexto para
el hecho histórico. Y no me apeo, creo que efectivamente la
vigencia de un texto es el que sirva para un pretexto en cualquier
contemporaneidad, y en cualquier tiempo y espacio. Que pueda ser
trasplantado, y que diga algo al colectivo en un determinado tiempo
y lugar.
En
ese sentido he dicho lo de la obviedad, me preocupa. Creo que los
textos tienen que estar vivos, situarse y dar esa posibilidad a los
creadores del hecho escénico, que ese texto tenga vigencia
en el momento del hecho escénico.
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S. P.- Y hablando sobre que cada vez los
espacios son más reducidos, ¿qué piensas de
internet como nuevo espacio de conocimiento, de intercambio
teatral?
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I. A.- Vamos a dejar la pregunta porque
había otro territorio; yo me había dirigido, por el
terreno de la obviedad, hacia otro territorio que vamos a
indagar.
Estábamos en lo de cine-teatro. El teatro tiene esas
posibilidades de vivir en determinadas circunstancias de forma
diferente, mutando la creación de un determinado autor, o de
una sucesión de autores.
Tenemos ahí el Don Juan, que ha ido mutando: no
tiene nada que ver el Don Juan del Burlador de Tirso, con
el de Max Frisch, o con el de Goldoni, o con el de Mozart, o con el
de ese teatro absolutamente contemporáneo, mágico,
que es el Don Juan de Molière, tan pegado a la
contemporaneidad de esa corte, o de esa situación de la
Francia de los devotos... Esa posibilidad de mutación.
El
cine no tiene esa posibilidad de mutación, es la lata.
Recuerdo a este respecto, que yo quise poner en marcha, con unos
cuantos profesionales del teatro del País Vasco, un teatro
nacional vasco. Intervenían desde Jesús Cimarro, un
productor que lo había sido de Gueroa, con alguna obra
mía, hasta directores y ensayistas, como los hermanos Barea,
o directores-actores como Paco Obregón, del ámbito
vasco.
Estuve hablando con Arzalluz, una personalidad, un intelectual de
primera fila, que sabe lo que es el teatro, que entiende lo que es
la cultura, y que, políticamente, ha tenido su deriva...
Pero bueno, en el terreno cultural yo quise entrevistarme con
él para poner en marcha ese proyecto. Estuvimos toda una
mañana hablando del tema, también de cultura, del
Fausto de Goethe, del teatro griego, de sus preferencias
por Sófocles, del propio proyecto que nos incumbía,
del teatro en Euskadi, de la trayectoria que había tenido
esa peripecia del teatro nacional, desde las propuestas incluso de
Sabino Arana, hasta el desarrollo con Akelarre, Luis Iturri, una de
las personalidades más relevantes, ya desparecida, del
teatro vasco.
Total que yo me dije: «para aterrizar no está
mal». Me acompaña a la salida, y antes de salir de la
casa, me dice: «Oye, Ignacio, ¿y a ti no te
interesaría el cine?».
(Risas.) Y entonces yo le dije:
«Pero Xavier, ¿de qué hemos estado hablando
durante cuatro horas?». Es decir, el político
quería la lata envasada, no sé si controlada, pero
desde luego más rentable. Bueno, el teatro tiene esa virtud
de pegarse a la realidad, como la tiene el periodismo.
Me
hacías esa pregunta sobre internet: es un tema sobre el que
he reflexionado mucho. Me ha preocupado durante mucho tiempo el
directo en televisión. ¿Por qué me ha
preocupado? pues por el teatro.
Yo
estudié teatro en el TEM (Teatro Estudio de Madrid), donde
estaban profesores magníficos, como William Lyton, Miguel
Narros, Ricardo Doménech, Maruchi Fresno, Alberto
González Vergel... Un verano, había en el
ámbito universitario unas experiencias, interesantes dentro
del planteamiento político de la época, vinculado al
Sindicato Español Universitario, que eran del Servicio
Universitario de Trabajo (SUT), y se hacían en diversas
zonas deprimidas de España, en dos zonas cada verano. En el
año que nos ocupa, creo que es en el 67-68, las
campañas eran en Almería, zona muy deprimida,
entonces no había el cultivo intensivo agrícola del
momento, en donde, a todo lo más iba David Lean a hacer
Lawrence de Arabia o Clint Eastwood o incluso, con
anterioridad, Samuel Bronston. Y otra zona eran Las Urdes.
Recuerdo que la Escuela de Arte Dramático, con Malonda,
llevó La excepción y la regla a
Almería; y yo me lie con el Teatro Estudio Madrid a ir a Las
Urdes. Llevábamos el Cristobalón de Lorca,
que lo dirigía Antonio Llopis, una personalidad del teatro
español, que fundó luego el Teatro de la Danza, y yo
por mi parte dirigía La excepción y la regla
de Bertolt Brecht.
Comenzamos el itinerario por Las Urdes, y al acabar las
representaciones solíamos hacer un coloquio sobre las obras.
Nosotros estábamos impregnados de Bertolt Brecht, y en las
representaciones ocurría que de repente veíamos
alguna distracción, alguna cosa, algún viejecillo que
se había perdido y entonces interrumpíamos la
representación y el Cristobalón, o quien fuera, un
actor, se paraba y decía: «Abuelo, no está
siguiendo usted...». «¡Pues no lo entiendo yo muy
bien esto!». «¿Desde cuándo no lo
entiende usted bien?». «Pues desde que ha llegado la
Señá Rosita». «Pues volvemos, ¿les
parece a ustedes que volvamos?».
«¡Sí!». «Pues volvemos: "entra la
Señá Rosita..."», y luego hacíamos un
coloquio.
En
esa zona nos encontrábamos con que, por ejemplo, en
Galisteo, nos recibían las fuerzas vivas. Íbamos con
un escenario que era algo así como tres mesas de billar, por
lo que pesaban, metidas en una camioneta «Ebro», y la
Compañía iba en un antiguo autobús del
Athlétic de Bilbao, con el escudo delante.
(Risas.) A mí me encantaba, yo
soy del Bilbao, y en ese autobús habían ido
Gaínza, Zarra, ¡qué maravilla! Para mí
tenía un atractivo especial. Claro, llegábamos con
ese camión, el Athlétic de Bilbao entonces era
más querido que en la realidad actual... era un
fenómeno, nos recibían las fuerzas vivas, el alcalde,
el cura y el cacique.
Concretamente en Galisteo nos recibió el cacique, y
además en su casa. Nos alojábamos en casa de la
gente, y el cacique nos ofreció, con el calor que
hacía, era pleno verano, junio, bañarnos. Nos dice:
«¿Qué queréis, piscina o
río?». (Risas.) Hombre,
éramos del 68... río. «¿Caliente o
frío?». Éramos del 68, frío, claro.
Había un río que ellos tenían en la finca, y
tenía una zona termal, un «río-jacuzzi».
(Risas.) Imaginaros ese ambiente.
Y
nosotros, después de las representaciones, hacíamos
ese coloquio que decíamos.
Hablando de Cristobalón, la Señá Rosita, etc.,
la pregunta dinamitera que hacíamos era: «¿En
este pueblo hay algún cacique como don
Cristobalón?». ¡Silencio absoluto! Y de repente
el loco del pueblo: «¡Sí!». Follón,
etc.... Se desataba el diálogo y tal. Así
íbamos por Las Urdes. Teníamos por delante mes y
medio, y nosotros muy agresivos.
Era
tal la España de ese momento, que nos recibía el
cura, era la época de junio, del Carmen, y lo primero que
nos decían: «El domingo estarán ustedes en la
iglesia...». «Uf, joder, hombre, sí,
no...». «¡Ustedes tienen que venir!».
Bueno, España es católica, pues bueno, ahí
estábamos... esa presión. Total que una de las
noches, después de la representación decimos:
«Pues vamos al coloquio, nos refrescamos un poco...», y
de repente ha desaparecido todo el mundo. Decimos:
«¿Qué pasa?», y nos dicen: «Es que
se han ido a ver al Santo», «Joder,
¡qué España!, o sea que también
procesión...». «No, no. Al Santo, a
Roger Moore, el de la tele... (Risas.)
Al Teleclub...». Un Teleclub que les había puesto
Fraga en aquella época, y se habían ido a ver al
Santo.
Tres días después de ese acontecimiento, nos dijeron
desde Madrid que se había acabado la gira, que no
había más gasolina para seguir. Nuestra
reflexión fue que el cacique correspondiente había
dado el chivatazo, año 67-68, al Gobierno Civil y nos
habían cortado el suministro. «Tienen ustedes gasolina
en el autobús del Athlétic de Bilbao y en el Ebro
para volver a Madrid».
Volvimos a Madrid, y en ese momento pensé:
«¿Para qué hemos ido a Las Urdes? Si
está la televisión. Hay que conquistar la
televisión». A partir de ese momento entré en
los espacios dramáticos de Televisión
Española, estuve en los equipos de Estudio 1, etc....
El
otro día un taxista en Madrid, voy con él, estoy
hablando con otra persona de teatro y me dice, un
«chico» de unos cuarenta y tantos años,
«¡ahh! los tiempos de Estudio 1, aquellos jueves en que
yo en el pueblo veía Estudio 1». Piensas, bueno, o sea
que este pájaro veía los Estudio 1, que eran entonces
el Peer Gynt de Ibsen, o Fuenteovejuna, o este
tipo de obras. Luego dejé la televisión, volví
a la Universidad e hice un trabajo de fin de carrera en Periodismo,
que fue El directo en televisión.
Hoy
en día le estoy dando vueltas desde el punto de vista
teórico a la introducción del teatro en la red.
Precisamente este verano, he dirigido un curso en El Escorial, que
se llamaba El teatro en el siglo XXI: del rito al
ciberespacio, donde comenzábamos con Arrabal pero
acabábamos con el director del periódico
cibernético de El Mundo, y por medio reflexiones
sobre esa posibilidad de que el teatro, como tal teatro,
esté en el ciberespacio.
Efectivamente sí defiendo, frente a algunos planteamientos
«reaccionarios» que dicen que el teatro necesita la
presencia del actor y del espectador al mismo tiempo, que yo no
excluyo esa posibilidad, pero no excluyo otras, que el teatro puede
sobrevivir en este siglo XXI, precisamente con esa extensión
a la red.
Técnicamente, el hecho teatral no ha sido posible con
anterioridad ni en el cine; porque el cine, lo hemos hablado, no es
hecho escénico. Una de las obras maestras de la
cinematografía, sin lugar a duda, es Campanadas a
medianoche, el Falstaff de Orson Welles, otras como
Enrique IV, Enrique V, Las alegres comadres de Windsor. Es
teatro... pero es cine. Una obra de teatro grabada en
televisión, por ejemplo un Hamlet que hizo un
personaje excepcional que falleció, Claudio Verini, para la
segunda cadena de televisión, maravilloso; un
espectáculo como hizo Guerrero Zamora, por ejemplo el
Peer Gynt, o el propio Guerrero Zamora, Una
Mirandolina, Una posadera de Goldon, excepcional, que
barrió en premios de televisión de toda Europa. Eso
es televisión, eso es vídeo.
El
teatro en directo es teatro, como el fútbol en directo es
fútbol. Ese es mi planteamiento.
Recuerdo cuando hace unos años nos reunieron a determinados
periodistas, hombres de teatro, en el Festival de Mérida,
para ver qué hacer con él en el futuro. Y entonces
hice una propuesta muy concreta: había que internacionalizar
los festivales.
Yo
estaba en la gestión, he sido director de actividades
culturales del Ayuntamiento de Madrid con Enrique Tierno: he
llevado desde los Veranos de la Villa, los Carnavales, la Cabalgata
de los Reyes Magos, los festivales de Madrid con Villapalos, el
Festival de Otoño, he dirigido el Centro Cultural de la
Villa de Madrid... sé un poco lo que es la
gestión.
Les
dije: Los festivales tienen el peligro de ser absolutamente
endogámicos, como todo acto humano. Ante la agresividad
externa tiene esa posibilidad, ese peligro de refugiarse en la
endogamia. El Festival de Mérida cuenta con ese gran
edificio, que por azares del destino, por ser cubierto por la
tierra, nunca mejor dicho, ha pervivido, y tenemos uno de los
teatros más importantes del teatro griego de Vitruvio,
teatro greco-romano. Así como está, el
parangón puede ser Epidauro, en Grecia, ese teatro
griego.
Entonces yo les dije: tenéis que pasar a la
internacionalidad. ¿De qué manera? Os ofrezco una
idea que es el Edipo Rey y Edipo en Colono. Hacer
un Edipo fundiendo las dos obras o conectando las dos
obras: director, Franco Zeffirelli, estábamos hablando hace
unos diez años de esto, Zeffirelli en su momento era el
director, estaba en condiciones de hacer una dirección de
ese tipo. Actores: Anthony Quinn, Edipo mayor; Andy García,
Edipo joven. Ensayos: un mes. Producción: para el teatro de
Mérida pero al propio tiempo, Zeffirelli, que sabe,
realizando ese espectáculo para la televisión, para
todo el mundo. Ese espectáculo es teatro; emitido a todo el
mundo, sigue siendo teatro.
Recuerdo el primer espectáculo que se hizo en
Mundovisión. Fue un espectáculo que presentó
Peter Ustinov, y allí estuvo desde Los Beatles cantando
All you need is love, hasta Zeffirelli, precisamente,
ensayando una escena de una película que estaba rodando en
ese momento, que era Romeo y Julieta, con Olivia Hussey, e
hizo la escena del encuentro de ellos en la iglesia. Y lo hizo en
directo. Aquello era teatro, como era actuación en directo
el All you need is love de los Beatles desde no sé
si era Liverpool precisamente.
Ese
es mi razonamiento. El teatro en directo, a través de
televisión es teatro, como un partido de fútbol es
fútbol. Hay espectadores como puede haberlos al mismo tiempo
que se retransmite ese Edipo, hipotético, en
Mérida y hay tres mil espectadores al mismo tiempo en
Mérida. Muy bien. Ahora, podría no haber
ningún espectador, yo defiendo eso.
¿Qué es lo que pasa hoy en día con la
fusión web-televisión? Es la posibilidad de que
nosotros podamos ni más ni menos que elegir desde Alicante
una representación, por ejemplo, del monólogo de
Mario Gas en la sala Cuarta pared de este fin de semana a las nueve
de la noche, y verlo desde Alicante, con unas cámaras de
televisión, una cámara master, para el que quiera verlo todo en un
cuadro, todo el escenario, y la posibilidad, como ya existe en
algunos canales digitales, de hacer tú tu propia
realización del partido de fútbol, de la propia
representación de Mario Gas a través de internet.
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S. P.- Hay varias cámaras y tú
vas cogiendo los diferentes ángulos...
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I. A.- Sí, o tú coges un
master y lo ves. Hay
quienes prefieren ver una representación teatral grabada, en
plano master de todo
el escenario. Con una pantalla suficientemente grande, como
podéis deducir he sido programador de estos festivales, y
muchas veces les pedía: «oye, un vídeo, pero
hacedme un plano master de todo el escenario, un plano general. No
quiero primeros planos». Porque entonces hay cofinales, y
ahí hay un intermediario, ahí hay una
mediación; quiero el plano para darme una idea de ese
espectáculo independientemente de la contemporaneidad que
pueda tener luego ya el hecho escénico metido en Madrid o
llevado a donde fuera.
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S. P.- Pero en todos los montajes no
admitirán esta posibilidad... los actores, el
escenario...
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I. A.- Sí, bueno. Creo que se va a poner
ahora en el festival de Alicante, 24/7, mañana, que
es esa trilogía realmente fantástica de Yagüe,
Pallín y uno de los mejores escritores, Pallín
también, José Ramón Fernández. Es
teatro, no sé como lo harán aquí, supongo que
circular.
Nos
está dominando el teatro en italiano. Esta es una
tiranía. No escribimos con libertad. Este es otro de los
problemas actuales. Yo he escrito para teatro circular,
Doña Elvira, imagínate Euskadi, con un grupo
comprometido como fue Geroa. Ahora, la siguiente producción
que hice con ellos, no por mí sino por ellos, se hizo en
teatro a la italiana, que fue Durango, un sueño,
1439. El espectáculo en la temporada que se
exhibió en la sala Olimpia fue el segundo en
recaudación. La compañía vio que había
que obtener unos determinados rendimientos por la
exhibición, y que el problema que generaba el tener una
estructura en teatro circular, era un problema brutal, de tener que
meter esa función en gimnasios, en frontones, al no existir
un teatro adecuado.
Hoy
en día teatros adecuados en España, tenemos el
Central de Sevilla, en Barcelona el Mercat de les Flors, poco
más. Ahora en Madrid se abrirá, cuando se construya,
el teatro La Orilla, que va a tener esas posibilidades. Ya en
tiempos de Guillermo Heras, a quien hay que rendir un gran
homenaje, porque desde que desapareció el Olimpia el teatro
español es un páramo, menos mal que le tenéis
aquí en Alicante. (Risas.)
Tenemos ese gran problema.
Recuerdo cuando en España se vio la posibilidad, estoy
hablando con el Partido Socialista, de rehabilitar los teatros de
España, que muchos de ellos, los grandes coliseos, estaban
dedicados al cine, y en manos privadas, no municipales o de las
diputaciones.
Hubo una reunión en Zaragoza, nos reunieron a gentes del
teatro, y yo le anoté a otra personalidad importante del
teatro español, hoy en día bastante marginada, que es
José Manuel Garrido: «Garrido, atención. No nos
hagáis hacer teatro del XIX en el siglo XXI. Atención
a las rehabilitaciones. No os fijéis en los terciopelos ni
en los brazos más que en los escenarios libres». Lo
cierto es que se han rehabilitado los teatros, y se han
rehabilitado a la italiana, como se crearon esos teatros, algunos
del XVIII, la mayor parte del XIX, a lo XIX. Solo falta hacer las
representaciones con la luz encendida en la platea y con las
señoras con escote y los caballeros haciendo señales
desde los palcos. (Risas.) Esto es
lamentable, y los autores tenemos esa pega de tener que escribir
para teatro a la italiana.
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S. P.- Ya para acabar, nos podías
comentar en qué estás trabajando en este momento,
qué texto vas a estrenar próximamente...
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I. A.- Estoy trabajando sobre varios. La deriva
vasca no la abandono, ahí estoy trabajando sobre un texto
que se llama Caína y Abel en Postdamerplast. Se
trata de una militante que ha abandonado la lucha y se refugia en
territorios de antiglobalización en Berlín. Tiene un
hermano que es sacerdote, «sacerdote-militante», y va a
Berlín, quiere recuperar a su hermana. Hay unas reflexiones
entre los dos sobre lo que significa la violencia, la identidad, la
globalización, la antiglobalización, la
religión, algo importante en el pueblo vasco... ese
entorno.
Estoy trabajando sobre esa obra, que se enlaza con otras obras
anteriores como pueden ser Ederra, Doña Elvira,
imagínate Euskadi, Durango, un sueño,
Betizu: el toro rojo, ¡No pasarán!
Pasionaria, Gernika: un grito, La zorra
ilustrada, Samaniego en el Madrid de Carlos III, esos
ilustrados vascos representados por Samaniego.
Luego tengo otra pieza en el telar, mediada ya, que se llama
Sangre de reyes. La reina inglesa de Alfonso XIII, que
sigue esa tetralogía que ya se empezó a representar
con Violetas para un Borbón. La reina austriaca de
Alfonso XII y que seguirá después de Alfonso
XIII con don Juan y don Juan Carlos. No sé si voy a tener
que hacer una pentalogía tal como van las cosas.
(Risas.) Yo creía que
tenía que enfocarlo por la Infanta Elena, que me interesaba,
pero me parece que lo voy a tener que enfocar por una colega.
Entonces estoy en esa obra y en cada una de las piezas de esta
tetralogía, pues sí quiero, así como
había un emparentamiento de la obra de Violetas para un
Borbón con el teatro un poco con guiños, desde
este postmodernismo que indudablemente sufrimos, al teatro del
siglo XIX, en esta obra, en Sangre de reyes, que exista un
guiño. Precisamente la sitúo en 1929, no la
sitúo en el 31, en la marcha o en la deserción del
rey Alfonso XII. Es la caída de la dictadura, está a
punto de caer. Por otra parte es la muerte de la reina Cristina,
que la he tratado en Violetas para un Borbón, es
también esa irrupción de la modernidad de la
vanguardia en el arte español; ahí tenemos, por
ejemplo, a Federico con Poeta en Nueva York, tenemos
también a un Valle-Inclán ya muy maduro. Quiero
orientarlo ahí. En la obra juegan estos elementos: visita la
obra Valle-Inclán; la visitan personajes conocidos de Lorca,
Lorca no va a salir, pero sí personajes conocidos por
él y por el rey, como son por ejemplo Ignacio Sánchez
Mejías, el torero, y, también un torero con el que
tuvo relación el propio rey, que fue Rodolfo Gaona, que
casó precisamente con su amante, Carmen Ruiz Moragas, una
actriz de la compañía de María Guerrero,
también una actriz de Rivas Cheriff, probablemente sí
salga, no Rivas Cheriff, pero sí personajes de su entorno,
precisamente por Carmen Ruiz Moragas. Estoy en ese ámbito,
luego iré a por don Juan, ya situado en los finales de los
60, ese momento en el que es nombrado Juan Carlos sucesor al
título de rey. Ahí intervienen Claudio Sáenz
Rodríguez, que proveía de amigas al propio don Juan,
otros personajes que no han muerto y que estuvieron cercanos a don
Juan; y por supuesto a Juan Carlos sí quiero ubicarle en el
23-F.
Bueno, está esa tetralogía, que estoy sobre ella y
que indudablemente tiene que ver con las piezas históricas
que he tratado. Hablaba antes de Dionisio Ridruejo, pero
podía hablar también de Durango, un
sueño, que es la herejía de Durango, de Alfonso
de Mella, uno de los heterodoxos españoles tratado por
Menéndez Pelayo. O, por ejemplo Pasionaria, también
la he tratado, también Gernika, el bombardeo de Gernika me
ha interesado...
Me
ha interesado el teatro-documento, creo que esto es importante
decirlo. Hemos divagado demasiado por el ciberespacio,
(Risas.) pero me ha interesado el
teatro-documento en gran medida, quizá por la
cercanía al propio periodismo y al interesarme por el
directo en televisión, etc. Hay discursos de Dionisio
Ridruejo que los he cogido de transcripciones de la prensa. Me
ha interesado mucho el teatro-documento, que no ha progresado en el
mundo ni en España, pero que creo que es una de las cotas
del teatro universal, están precisamente en Una
indagación de Peter Weiss, o en el teatro
español, por ejemplo, en El Cerco de Max Aub.
El Cerco es la pieza que hizo Max Aub sobre el Che
Guevara, a los pocos meses de la muerte del Che, poniendo sobre el
tapete las contradicciones de la propia información oficial
y la información que daban los grandes rotativos
estadounidenses sobre el desarrollo de la campaña de
Bolivia, y toda la interferencia de la CIA. Eso lo hizo Max Aub,
quizá uno de nuestros más modernos autores y
más contemporáneo.
En
esa línea, La zorra ilustrada quiso enfocar
también esa realidad de los ilustrados vascos, en
Pasionaria también hay algunos fragmentos de los
discursos de la propia Pasionaria por Radio España
Independiente, Estación Pirenaica: «¡Por una
España democrática, viva la república!»,
(Risas.) escuchábamos.
Ahí están esos discursos que es teatro-documento.
En
Gernika: un grito también. Yo como periodista tuve
acceso, en los primeros tiempos de la democracia, en que se
abrieron las puertas de la milicia y hubo una serie de cursos, a
los archivos del Alto Estado Mayor, a lo que estaba allí
escrito sobre el bombardeo de Gernika. En esa obra, en Gernika:
un grito, 1937, hay una parte documental junto con una parte
humana, con una parte mimética fuerte de una aventura
personal de un pelotari y de una viuda, durante el desarrollo de
las horas del bombardeo, pero todo esto está cortado por esa
obsesión brechtiana de la gente del 68.
El
otro día me decía Ricard Salvat, que está
montando ahora Noche de guerra en el Museo del Prado, y lo
estrena dentro de nueve días en Madrid, que está
procurando no hacer un montaje brechtiano, que hasta el Berliner
abandona el brechtismo. Vi en la temporada pasada del Berliner una
obra de Turrini, Da ponte in Santa Fe, e indudablemente
era el brechtismo pasado por la postmodernidad. Habría que
discutirlo.
En
Gernika: un grito sí tengo datos que ni siquiera se
han publicado fuera del Alto Estado Mayor, de cómo, por
ejemplo, solamente había tres militares españoles que
sabían del bombardeo de Gernika, más el Alto Estado
Mayor nazi, Von Richthofen y compañía. Eran Franco,
Kindelán y JuanVigón, esos eran los tres militares
que sabían algo. Bueno, ahí hice teatro-documento. No
tan puro como Peter Weiss, me gustaría, y en ese sentido
también dentro de mis proyectos está otra obra de
teatro-documento sobre la corrupción del PSOE.
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S. P.- ¿Te vas a centrar en algún
tema en particular?
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I. A.- Sí, me centraré en algo en
particular, pero no lo quiero desvelar.
(Risas.) Es teatro-documento. Esas son
mis tres obsesiones en este momento. Nada más.
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S. P.- Quizá tengamos estreno el
año que viene en la Mostra... de Ignacio Amestoy...
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I. A.- Hay una obra de la tetralogía de
la mujer. Son Cierra bien la puerta, Rondó para
dos mujeres y dos hombres, que trata el tema de los celos
profesionales entre el hombre y la mujer. Es un tema muy bonito: un
cuarteto de música. ¿Sabéis que hay un
cuarteto Stradivarius en el palacio real? un cuarteto de
instrumentos Stradivarius. Stradivarius, cuando hizo ese cuarteto
de instrumentos, decía que no hacía cuatro
instrumentos, sino que hizo uno. Los grandes cuartetos musicales
del mundo quieren tocar en el palacio real. Y vino un cuarteto
alemán, a tocar en el palacio real. Era un cuarteto de
primer violín, muy senior; el chelo, mayor; el bajo,
también mayor; y la segunda violín una mujer
espléndida, joven y además muy espectacular. Llamaba
la atención. Entonces se me ocurrió Rondó
para dos mujeres y dos hombres, que era lo siguiente: un
cuarteto mayor en el que de repente, el segundo violín tiene
un principio de alzheimer y tienen que sustituirle. La
representante del cuarteto es una chica joven, veintitantos
años, que ha estado en un conservatorio, pero que no era una
superdotada, pues ahora se dedica a la gestión y lleva a
este cuarteto por el mundo. Ella tiene una amiga que era una
superdotada, pero que un día apareció un financiero y
la retiró. De forma que ella sigue en su mansión,
donde hay una sala de conciertos, haciendo conciertos para sus
amigos. El matrimonio no va del todo bien. Fichan a esta mujer.
Lo
que se plantea: primero, los celos del marido. Se va al garete esa
relación, va a iniciarse una relación del primer
violín con esta mujer. Y ahí surgen los celos
profesionales. El cuarteto, que estaba en una dimensión de
treinta actuaciones año, que no está mal, de repente
se pone en unas setenta, o sea casi algunas semanas con dos
actuaciones. Entonces en el ranking se sitúa entre los diez grandes
conjuntos del mundo, si antes estaba entre los veinte, ahora se
sitúa entre los diez o hasta incluso en los cinco, por ella.
Esta tensión no puede aguantarla el primer violín, y,
maquiavélicamente, esto se plantea en el segundo acto,
decide plantear una deriva bastante diferente en el cuarteto.
Él se retira y se va a encargar de representar al conjunto,
con lo cual, la amiga va fuera. Entonces ¿quién va a
ser el primer violín? Tiene que ser un hombre, una imagen
joven que compatibilice con la segundo violín, etc. Pero
¿por qué la segundo violín no pasa a ser
primer violín? Pues todo eso se plantea ahí, son los
celos profesionales.
Conozco amigos, arquitectos los dos, en dos casos además, en
que la mujer ha superado profesionalmente al marido. Estos
matrimonios se han ido al garete por celos profesionales.
En
este momento lo que planteo en esta tetralogía es el cambio
social que se está produciendo en la familia y el paso de un
patriarcado, son mil quinientos años y que precisamente se
acuña desde el arte teatral poético-político
con la propia Orestiada en la que se le perdona a Orestes
la muerte de la madre y se castiga a Clitemnestra la muerte del
padre: ahí comienza la deriva patriarcal, que luego se
consolida en derecho romano y llega hasta hoy. Pero en este
momento, en la última reforma del Código Civil, ya
permite compartir la patria potestad, etc. La mujer ha pasado a
otro territorio, aunque el hombre se resista a abandonar el
territorio secular. Lo que planteo en toda la tetralogía es
esta cuestión.
La
tercera obra es Chocolate para desayunar, que con esta
obra me dieron por segunda vez el premio Lope de Vega. La primera
fue por Ederra hace veinte años, en el 81, y en el
2001 me lo dieron por Chocolate para desayunar. Yo
presenté Rondó al Lope de Vega, pero era el
centenario de Jardiel, quien no me había interesado
especialmente, y me pidieron una ponencia ese verano para un curso
en El Escorial.
Indagué en Jardiel, y hubo un Jardiel para mí
desconocido porque no me había metido, vi un Jardiel
más puro, que incluso rechazaba al teatro, digamos, del
pasado, de los Torrade y compañía, que estaba
reinando en ese momento en España. Me interesó
profundizar en Jardiel e hice esa comedia un poco desde esa
visión que os decía, postmoderna, con juego, un poco
a lo Stoppard, como en Rosentcranzt y Guildersten han
muerto. Dentro de ese movimiento se puede encuadrar
también Lepage, con una película como Le
confessional, que juega con el Yo confieso de
Hitchcock.
En
esas mezclas sí quise jugar un poco con una obra a lo
Jardiel, en ese territorio del humor, no entrando en el sainete.
Hice esa obra con el siguiente sustrato. Se llama Chocolate
para desayunar, y trata de una madre que ha tenido un hijo y
tres hijas. La obra comienza cuando ya casa a la última
hija, de veintitantos años que no se marchaba de casa, un
poco lo de la hija pequeña de Cierra bien la
puerta, y ya se casa, ¡ah!, ya ella queda libre.
Había abandonado su carrera de Historia del Arte por
casarse, también el marido la retiró de los estudios,
de la Universidad, y ahora ha empezado a hacer los cursos de
doctorado, está incluso preparando una tesis doctoral sobre
Aspasia, la amante de Pericles y gran retórica.
Una
vez que se ha casado la última hija... ¡la libertad!
(Risas.) Ahora va a ser libre. Su
marido ya se murió, ha sacado a sus hijos adelante... y
entonces: la libertad.
Cuando se va a producir esto, de repente le empiezan a regresar los
hijos, (Risas.) y en 24 horas le
regresa hasta la que se ha casado el día anterior. Es un
planteamiento un poco a lo Jardiel en ese sentido.
Y
la última obra de esta tetralogía, de Si en el
asfalto hubieran margaritas, una obra que se llama De
Jerusalén a Jericó. Se va a editar ahora en la
revista Estreno. Es una obra de una discapacitada.
Preguntabas en tu primera cuestión sobre la felicidad. Es la
historia de una chica, es una monada la niña, de unos
veintiocho años que con doce o trece años tuvo un
accidente de coche, el día que precisamente su hermano mayor
ha sacado el carnet; coge el coche de su madre, hace una locura,
él no sufre nada, y su hermana pequeña, tiene otra
hermana intermedia, que va en el asiento de la muerte, tiene
problemas cerebrales, etc., de forma que se queda estancada en los
doce o trece años.
La
familia es una familia de provincias, la madre muy católica,
ha instruido a su hija, a la pequeña sobre todo. A los otros
dos también, pero los otros dos hijos, el mayor es un
vivalavirgen, está fuera de casa; la otra hija intermedia es
una persona comprometida, una persona que podríamos decir
del PSOE, comprometida en la política, también una
heterodoxa en el propio ambiente provinciano, es decir, que tiene
sus amantes etc., que está buscando la libertad sin
condicionamientos. Pero la pequeña se queda en esos doce
años, en esa formación religiosa que le ha dado la
madre, de los Evangelios, de los personajes de la historia
sagrada, etc., y ella sigue con esa copla.
La
historia comienza cuando la madre, viuda, desaparecido el marido en
un determinado momento después de darle una gran paliza,
saca adelante a los hijos. El hijo mayor, el del accidente, es un
vivalavirgen y se dedica a un negocio de explotación de
chicas inmigrantes, os imagináis ¿no? La hija mayor
es una tía comprometida, que ha luchado siempre por orientar
a su hermana pequeña de una determinada forma, diferente de
la de la madre. La madre es una persona tradicional que
metió en una especie de residencia para discapacitados a la
pequeña. En esa residencia, desde luego anclada en el
pasado, llevada por monjas, etc., la niña no ha progresado
nada. Ella tiene sus aficiones, le gustan los animalitos, tiene una
tortuguita... pero está anclada absolutamente en el
pasado.
Ha
muerto la madre, la niña está ahora en la casa y su
hermana le dice: «Tu vida va a cambiar. No vas a volver
más a la residencia». La niña tiene miedo,
porque en la residencia se encuentra protegida... es su casa. Salvo
navidad y un mes en el verano, está en esa residencia. Se
resiste a una nueva vida. ¿Qué nueva vida es esa?
Pues que se ponga a trabajar, en un gran centro comercial que hay
en esa ciudad, hay una tienda de juguetes y su hermana, relacionada
con una ONG... Allí hay subnormales, quiere meter a la
niña para trabajar, para que haga paquetes, esas labores que
pueden hacer los discapacitados. Pero pensando en un progreso de la
niña. Pensando que todos somos discapacitados a un
determinado nivel, y que esa niña puede progresar.
Entonces viene el hermano que, claro, ha muerto la madre,
cobró una herencia por anticipado, y ahora quiere
beneficiarse de ese acontecimiento. Lo que quiere es llevarse a la
niña y también la parte de la herencia que tiene la
niña. Este es el conflicto.
Hay
escenas duras de maltrato del hermano con la niña
pequeña, y ese conflicto que se crea en esa casa por salir
adelante.
¿Lo De Jerusalén a Jericó? Viene de
la parábola del Buen samaritano. Precisamente es
esa persona, digamos de la izquierda, rechazada por el colectivo,
que tiene amantes, que tiene no sé que... es la que tiene la
clarividencia para salvar a la niña de ese entramado
pequeño-burgués, enfermizo, y que desgraciadamente
está en este momento resucitando con una determinada
euforia, y sin embargo, ella la quiere sacar adelante y quiere que
se realice como mujer, hasta donde sea, pero que se realice.
Acaba, ella se enamora de un subnormal que está en la
tienda, y hay un diálogo final, de una gran ternura, en el
que dice: «Bueno, algún día tendremos un coche
y nos iremos fuera...». Nos iremos. La libertad. La
felicidad. «Nos iremos fuera». «¿Y
dónde iremos?» «De Jerusalén a
Jericó». «Pero en Jerusalén hay
guerra...». «Pues iremos a Jericó».
«¿Y dónde está Jericó?».
«Por California». (Risas.)
La felicidad en una California soñada, metafórica,
siempre estamos buscando «California».
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S. P.- Muchas gracias, Ignacio.
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I. A.- A vosotros.
(Aplausos.)
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